El Sáhara Occidental, la última colonia de África

31 Marzo 2016
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La hamada argelina es un espacio de desierto del Sáhara incompatible con la vida. Situado entre Marruecos, Argelia y el Sáhara Occidental, ocupa gran parte de un paisaje pedregoso, árido, seco, con escasa arena y con temperaturas que se rompen entre el día y la noche. Siempre extremas. Allí, en ese lugar situado al occidente de Tinduf, se asienta la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), a la que el Frente Polisario dio vida hace ahora cuarenta años, después del éxodo al que su población nativa se vio obligada, tras la defección de España, al abandonar un territorio y su gente a su suerte y a la invasión militar del ejército marroquí. ¿Habrá referéndum alguna vez en el Sáhara? El pueblo saharaui lleva décadas esperando a que se celebre su referéndum de autodeterminación. Y la ONU mantiene vigente su mandato desde hace más de cincuenta años, desde que en los años sesenta declarara a Saguía el Hamra-Río de Oro, territorio no autónomo, y pidiera a España, que era la potencia administradora, que organizara un referéndum entre la población nativa en 1974 para que decidiera su futuro. Pero dicho referéndum jamás ha tenido lugar hasta el momento. Y ello por la ambición marroquí y su sueño de construir el Gran Magreb. Hoy, cuarenta años después de la fundación de la (RASD), Marruecos sigue boicoteando dicho referéndum, lo que supone una violación sistemática del Derecho y de la legalidad internacional. Primero fue la añagaza marroquí de solicitar un dictamen al Tribunal Internacional de Justicia (TIJ) de La Haya lo que lo paralizó. Pero dicho dictamen afirmó con rotundidad en octubre de 1974, que jamás habían existido lazos de soberanía entre el sultán de Marruecos y la población saharaui. Sin embargo, la astucia de un monarca sátrapa como Hasán II, invocó que el Sáhara era su derecho y que debía tomarlo, para lo que contaría con el firme apoyo de los Estados Unidos y de Francia. Después vino La Marcha Verde de noviembre de 1975, que perpetró la ocupación militar del territorio saharaui, ante la vergonzante defección, entrega y huida de un débil gobierno español, con Franco moribundo, y que en los Acuerdos de Madrid consumó la última traición a su historia; traición que ha sido mantenida por todos los gobiernos posteriores, ya en democracia. Tras 16 años de guerra entre el Frente Polisario-Rasd y Marruecos, Hassan II aceptó la celebración de un referéndum al convencerse de que no podía ocupar militarmente todo el territorio saharaui. Dicho referéndum debió de haber tenido lugar en 1992, pero fue aplazado hasta 1994. Y así ha venido ocurriendo desde entonces; aplazamientos y nuevos aplazamientos a los acuerdos contraídos por Marruecos con la Misión de Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO), con los diferentes planes Baker, y con los pactos entre las partes, que han sido sistemáticamente pisoteados por el reino alauí, gracias al impune apoyo y protección que sigue recibiendo de las diferentes administraciones norteamericanas y del Estado francés. Y de la permisividad cómplice de España. La responsabilidad de la ONU en ello es manifiesta, pues lo cierto es que ninguno de sus últimos secretarios generales ha conseguido desbloquear la situación; Pérez de Cuéllar fracasó estrepitosamente al plegarse a los deseos de Marruecos, hasta el extremo de que sus instrucciones finales para incrementar el censo, fueron rechazadas por el Consejo de Seguridad de la ONU; Butros Gali, un experto en Derecho internacional y árabe, vivió bajo el conflicto de si su corazón egipcio estaba más cerca del lado marroquí que del saharaui, porque la justicia y el Derecho internacional tenía claro que asistía a los saharauis, el mismo debate se dio en Kofi Annan, y ahora Ban Ki-moon tiene la oportunidad de hacer algo diferente luego de su reciente visita de marzo a los campamentos de refugiados. En ese aspecto, la historia reafirma que todos los secretarios generales y la ONU misma no son más que un apéndice voluble de la última voluntad de los Estados Unidos. Y la realidad parece condenada a que no habrá referéndum en el Sáhara hasta que los que voten en él sean sólo marroquíes; es decir, nunca. Mientras tanto, el reino alauita prosigue explotando y saqueando ilegal e ilegítimamente los recursos naturales del Sáhara en una nueva violación del Derecho Internacional, como ocurre con las nuevas prospecciones petrolíferas, y con la contradictoria complacencia y complicidad de la Unión Europea (UE), que luego del acuerdo de pesca sobre la explotación del banco sahariano, que incluía a las aguas territoriales saharauis, ha denunciado las exportaciones marroquíes con productos procedentes del Sáhara ocupado, y a mantener su reconocimiento expreso de que en el Sáhara debe de celebrarse el referéndum de autodeterminación. Marruecos además, practica una política colonial de hostigamiento y represión a la población saharahui y viola los derechos humanos con el silencio vergonzoso de Occidente. Hoy es difícilmente justificable tal situación. Hace décadas que el mundo bipolar de la guerra fría y de bloques ha desaparecido, y las razones estratégicas que se invocaban en las tres últimas décadas para el Magreb son obsoletas. En la actualidad ni Argelia ni una RASD independiente suponen desequilibrio alguno para la zona y, por lo tanto, tampoco para Marruecos. Y la Federación de Rusia no quiere hacer del Mediterráneo ni del Magreb una zona de su influencia. Por absurdo que parezca, la única explicación plausible al respecto es la que no hace mucho me hizo confidencialmente un alto diplomático norteamericano: el Sáhara está muy lejos, y los saharauis son muy pocos. Y Estados Unidos prefiere seguir prestando su apoyo a su aliado marroquí en la zona. La posición de España es más difícil en todos los aspectos, pues como potencia administradora por mandato reiterado de la ONU, sigue teniendo una responsabilidad histórica y política con el proceso de autodeterminación del antiguo Sáhara español. Y debería de sacudirse de encima el chantaje permanente al que Marruecos le viene sometiendo desde hace más de cuarenta años. Para cualquiera que visite los campamentos de refugiados cercanos a Tinduf y en territorio liberado del Sáhara, le sorprenderá el pundonor y la disciplina de los saharauis, del valor y coraje de sus mujeres, de la casi plena escolarización de los niños, de su interés en que permanezcan vivos los vínculos históricos con España, siendo el español la segunda lengua que aprenden y estudian. Un pueblo que desarrolla su Estado en el exilio, único ejemplo en el mundo, y que vive de la solidaridad internacional con dignidad y orgullo. Pero pese a todo ello, la RASD tiene hoy una presencia y un reconocimiento internacional en cerca de ochenta países, y forma parte de la Unión Africana (UA). Y los saharauis tienen el legítimo derecho a decidir su ciudadanía y su propio futuro. Y este mundo global no debe de seguir contemplando impasible al Sáhara Occidental, antiguo Sáhara español, como la última lacra colonial de África La Marcha VerdeEn el verano de 1974 anidó la idea en Hasán II de ocupar militarmente el Sáhara con ocasión de la primera crisis seria de salud de Franco por un episodio de tromboflebitis. Pero su pronta recuperación paralizó los preparativos. En el otoño de 1975 se volvió a retomar con el proceso grave de salud del dictador que le llevaría a su muerte. Pero la idea de una ocupación manu militari, camuflada dentro de una gran marcha civil y pacífica, fue de la CIA. Suyo fue el nombre de la operación -Marcha Blanca-, que Hasán cambiaría por el de Marcha Verde. No cabe duda de que con un Franco en otras condiciones físicas, Hasán nunca se hubiera atrevido a dar ese paso. Franco entró a mediados de octubre en su fase biológica terminal, y el gobierno español, débil y pusilánime, además de confundido, estaba dividido entre quienes eran partidarios de resistir y hacer frente a la invasión de Marruecos con las armas en la mano (Cortina Mauri, Exteriores), y entre quienes querían salir huyendo del territorio lo antes posible (Arias Navarro, el jefe de un gabinete asustadizo y aturdido). Además, sobre alguno de los ministros recaían algo más que sospechas de ser un colaborador de Hasán y de gestionar algunas de sus inversiones en España. Durante la agonía de Franco, el príncipe Juan Carlos fue nombrado jefe de Estado en funciones el 30 de octubre. Y su primera decisión fue enviar a Washington, en un intento desesperado, a su embajador volante Manolo Prado, para solicitar del poderoso secretario de Estado Henry Kissinger que parase la ocupación marroquí del Sáhara. Don Juan Carlos pensaba cómo salvar la cara «dignamente» ante el acuerdo gubernamental de toque de retirada inmediata. Aquella llamada de auxilio fue rápidamente aprovechada por Kissinger, que tenía la idea de que el entonces príncipe era un hombre «agradable» pero «ingenuo». El astuto secretario de Estado se presentaba en el conflicto aparentando una estricta y exquisita neutralidad. Y naturalmente le dijo a Prado que haría la gestión, puesto que Hasán estaba jugando con fuego. Le aseguró que España era un aliado y un verdadero amigo, y él se había comprometido personalmente con el príncipe y su futuro. Hablaría con Hasán y le intentaría convencer para que paralizase los preparativos de la marcha, a fin de que todo se resolviera pacíficamente y sin perjuicio para nadie, puesto que lo que había que hacer era celebrar la consulta entre los saharauis, como disponía la ONU. Kissinger informó después al presidente Gerald Ford de que el fallo de La Haya era favorable a Marruecos, lo que en absoluto era cierto, pero EEUU no podía permitir que su aliado magrebí se viera en peligro, y mucho menos que un Sáhara independiente cayera bajo la influencia de un régimen argelino prosoviético. Por ello, la administración norteamericana dispuso de inmediato el envío a Marruecos de apoyo logístico, suministros y armamento, en tanto que la CIA se encargó del plan operativo. Lo principal era prestar todo su apoyo a favor de la ocupación marroquí del territorio, porque si Hasán «no obtiene el Sáhara, está acabado», afirmaba Kissinger. Y ya en muy segundo lugar, se podría contemplar que si en algún momento se llevara a cabo un referéndum de autodeterminación, como pedía la ONU, sería siempre bajo la garantía de que la consulta arrojase un resultado favorable a Marruecos. Cualquier otra hipótesis era simplemente inviable. Esa y no otra es la razón por la que en el Sáhara no se ha celebrado el referéndum en 40 años, y se sigue manteniendo desde entonces la ocupación militar de la mayor parte del territorio. En aquel juego de piezas bajo la apariencia de una falsa neutralidad, Kissinger le confiaría al presidente argelino Bumedian que «no nos interesa que España esté ahí [en el Sáhara], porque no es lógico que España esté en África». Y a Hasán, por su lado, le garantizaría que un futuro estado independiente era inviable, puesto que «la idea de un país llamado Sáhara español no es algo exigido por la Historia». Argumento con el que también intentaría convencer al ministro de Exteriores Cortina Mauri. Como bien recoge en sus memorias, Kissinger tenía una baja opinión de la inteligencia y las capacidades del Príncipe Juan Carlos, y le transmitiría una presión y varias dudas añadidas: el conflicto abierto en el Sáhara sería «un desastre para España», y personalmente para él no sería nada bueno recibir la corona con un Ejército victorioso y crecido, en el caso de que ganara la guerra. Se vería atado de manos para acometer las reformas democráticas que pretendía. Los mensajes fueron totalmente contradictorios, pero buscaban que causaran impacto en la voluntad y determinación de Don Juan Carlos, quien durante varios años vivió bajo el recelo y la desconfianza de si el ejército le sería fiel y leal. El 2 de noviembre Don Juan Carlos viajó por sorpresa a El Aaiún para dar una arenga retórica a las tropas. Aseguró a los soldados que se haría cuanto fuera necesario para que «nuestro Ejército conserve intacto su prestigio y honor», que «España cumplirá sus compromisos y tratará de mantener la paz», pero que no se «debe poner en peligro vida humana alguna cuando se ofrecen soluciones justas y desinteresadas», al tiempo que «deseamos proteger también los legítimos derechos de la población civil saharaui, pues nuestra misión en el mundo y nuestra historia nos lo exigen». Palabras para la historia. ¡Y para los mármoles! Aquellas tropas a las que se había dirigido el Príncipe en esa breve alocución, estaban con la moral muy alta y perfectamente preparadas para el combate. Que deseaban. Hasán estaba convencido o quería convencerse de que «la mayoría de las tropas españolas están mal entrenadas y no lucharán». Pero su juicio era muy errático, por mucho apoyo y cobertura que le estuviera prestando la CIA. Las unidades destacadas en el Sáhara tan sólo esperaban la orden de sus jefes de abrir fuego sobre una masa abigarrada y cubierta de mugre que se acercaba tocando la pandereta entre gritos y rezongos. Esperaban la orden de combatir tan pronto como aquellos soldados encubiertos traspasaran los espinos fronterizos de seguridad para fundir sus cuerpos con los fósiles milenarios que apenas ocultan las arenas del desierto. Esa masa vociferante y sucia, utilizada por Hasán como escudo, venía flanqueada por las mejores unidades del Ejército marroquí. Nada más regresar el Príncipe a Madrid ordenó a Arias que acelerara los trámites de la Operación Golondrina: el abandono del Sáhara con toda urgencia. No es de extrañar que Hasán le telefoneara después para felicitarlo y decirle que había estado muy bien. El 8 de noviembre el ministro de Presidencia, Carro Martínez, al que sus malvados adversarios le llamaban el Hombre de Cromañón por sus espaldas visiblemente combadas, se sometió al dictado de Hasán y escribió una carta por la que el gobierno español mendigaba que parase la Marcha Verde aceptando todas las exigencias marroquíes. En aquella carta que Hasán se dirigió a sí mismo -«Ruego a V.M. tenga a bien considerar la terminación de la Marcha Verde, con el restablecimiento del statu quo anterior, habida cuenta de que de hecho ya ha obtenido sus objetivos»-, el gobierno español claudicaba de manera indigna saliendo del territorio saharaui sin negociación alguna y de la forma más vergonzosa y humillante que se recuerde. Y el 14 de noviembre de 1975, en el momento de la máxima agonía de Franco, el gobierno firmó el Acuerdo de Madrid por el que capitulaba ante Marruecos y Mauritania, y les entregaba el control total del Sáhara. En realidad la entrega sería tan sólo a Marruecos. Posteriormente, Mauritania, cuya presencia no tenía otro sentido que ser el convidado de piedra, también abandonaría el territorio en 1979. La salida del Sáhara, sin lucha ni negociación previa, fue absolutamente ignominiosa. Además de una humillación para un ejército que estaba dispuesto a combatir por la dignidad de un gobierno que se mostró indigno. Y abandonar a su suerte a los saharauis, es decir, a la voluntad de un sátrapa como lo era aquel rey moro, fue una completa traición. Ignominia y traición que se ha venido perpetuando durante todos estos años por parte de casi toda la clase política española. Y con los diferentes gobiernos en democracia.colonia de África.

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