LA REDENCIÓN DE LOS MUNICIPIOS (Del viejo y nuevo caciquismo, partitocrático y populista)

20 Junio 2015
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En 1931, en vísperas del advenimiento de la Segunda República mediante el procedimiento poco constitucional y democrático de unas elecciones municipales, Ortega publicó un ensayo titulado La redención de las provincias y la decencia nacional (Revista de Occidente, Madrid, 1931) Era todo un programa político para la democracia en ciernes, frente a la vieja política de "la oligarquía y el caciquismo". En la hora presente, quizás, deberíamos reformular la propuesta del gran liberal español, reclamando La redención de los municipios y la decencia nacional. España ha tenido pensadores políticos con gran intuición, como Costa, Unamuno y el propio Ortega, en los inicios del siglo XX (enlazando con las corrientes europeas de la teoría de las élites: Mosca, Pareto, Weber...) acerca de las tendencias oligárquicas y elitistas en la vida política y social. Posteriormente, en sintonía con las derivas partitocráticas en las democracias occidentales y sus críticos (Ostrogorski, Michels, Duverger...), otro español, Gonzalo Fernández de la Mora publicaría en los albores de nuestra democracia un libro –casi olvidado o marginado- con el título precisamente La Partitocracia (Instituto de Estudios Políticos, Madrid, 1977). Dejemos de lado el ya histórico caso del caciquismo de la Restauración que denunciaran Costa, Unamuno, Ortega y muchos otros intelectuales de las generaciones de 1898 y de 1914. Desde el fin del Franquismo, durante la Transición y durante el proceso –hasta ahora fallido- de la Consolidación democrática en España, han surgido nuevas formas de caciquismo, que con el paso del tiempo se han convertido en "viejas", ante las que, como protesta, han surgido otras "nuevas". Me estoy refiriendo a la partitocracia y al populismo, aunque al final estamos presenciando simbiosis poco democráticas de ambas expresiones, pese a la retórica y propaganda a favor de las "primarias" y la "democracia interna" de los partidos. Conviene diferenciar dos tipos de populismo: de una parte, un populismo radical como el de Podemos y sus diversas marcas blancas frentepopulistas; de otra, un populismo sano y regenerador, democrático liberal, como Ciudadanos, Vox, etc. En la democracia americana este tipo de populismo anti-Establishment partitocrático lo representó inicialmente un sector de los demócratas tradicionales que apoyaron a Obama –los Blue Dogs- que luego serían traicionados por la deriva radical y autoritaria del presidente negro. Y sobre todo lo ha representado, a mi juicio, de manera más genuina y transversal –no solo en el partido republicano- el Tea Party y otras corrientes libertarias. He defendido reiteradamente un modelo de democracia que combine un sistema territorial de lógica federal integradora y un sistema de partidos pluralista pero de lógica bipartidista, en dos grandes bloques o coaliciones (centro-derecha y centro-izquierda). Partidos con diferentes corrientes internas o grandes coaliciones al estilo de la democracia americana (de "mayorías concurrentes", según postulaba John Calhoun). Un sistema electoral mayoritario (con una segunda vuelta entre las dos candidaturas más votadas), eliminando el mandato imperativo partidista (no estigmatizando totalmente al transfuguismo, que puede ser un elemento corrector del autoritarismo partidista ) y otras provisiones contra la partitocracia (primarias obligatorias por ley, supresión de la rígida disciplina parlamentaria, etc.) Asimismo, en el ámbito de la cultura política de los partidos sería conveniente la sustitución de los Congresos por Convenciones, la sustitución de los mítines por debates en libertad, la regulación liberal de las campañas -suprimiendo la prohibición de las encuestas y las jornadas de reflexión-, etc. El mismo día en que se temía un nuevo "tamayazo" (transfuguismo de votos) en la elección de la Alcaldía de Madrid, algo que se anunciaba como un posible gran drama de corrupción, en el Congreso de los EEUU docenas de representantes demócratas votaban contra la iniciativa de Obama, el TPA (Autoridad para promover el comercio), sin que en la cultura democrática consolidada de aquel país fuera motivo de escándalo por el tal transfuguismo de los votos demócratas contra un presidente demócrata. Otros ejemplos históricos dramáticos, los impeachments presidenciales contra Andrew Johnson (1868) y Bill Clinton (1999): en ambos casos, senadores republicanos se opusieron a la línea de su partido de imputar y condenar a los presidentes mencionados, que siguieron ocupando el cargo hasta el final de sus respectivos mandatos (Richard Nixon, como es sabido, prefirió dimitir antes de someterse al juicio y votación en el Senado, donde, según algunos historiadores del periodo, es probable que algunos demócratas hubieran votado en contra de la destitución del presidente republicano, pensando en el interés nacional). En todos estos casos mencionados, los miembros del Congreso votaron en conciencia y en función de los intereses generales o de sus electores, en vez de acatar la disciplina partitocrática. Aunque no es más que un pensamiento desiderativo (lo que los anglo-americanos llaman wishfulthinking) creo que el futuro de la democracia liberal y constitucional en España está en la consolidación de un sistema de alternancia entre el centro-derecha(liderado por un PP regenerado y atrayendo a los votantes de Vox) y el centro-izquierda (quizás –repito: quizás- liderado por Ciudadanos, atrayendo a los votantes de UPyD y socialdemócratas del PSOE). Efectivamente, la sensibilidad socialdemócrata del PSOE, liderada por tipos como Carmona (el que ponía "las manos en el fuego"...) se ha quemado, se ha "carmonizado". Un partido socialista, único en el momento actual de las democracias occidentales, con dos almas encontradas, una moderada (al estilo bono-susanista, en los reductos manchego y andaluz) y otra radical, frentepopulista y protocomunista (la del zapaterismo 1 y 2, a la que se ha incorporado el concejal Carmona y otros por puro oportunismo o revancha, por míseras poltronas municipales o autonómicas), un PSOE así resulta disfuncional y merece terminar, como antes Falange Española de las JONS en sus múltiples variantes, y ahora los diversos partidos comunistas de distintas marcas y pelajes (PCOE, PCE, LCR, MC, PTE, ORT, PCPE, IU, Podemos, etc.), en el basurero de la Historia. A finales del mismo año 1931, tras presenciar con lógica preocupación los debates en las Cortes Constituyentes, Ortega pronunció su famoso discurso Rectificación de la República. Con una mayor perspectiva en el tiempo, hoy tendríamos que proponer la rectificación de la democracia. Siempre he sostenido que en España no es el Estado ni la Nación los que están en crisis. Es la democracia la que ha fallado. O, dicho en términos politológicos, hemos tenido una Transición aceptable e incluso ejemplar pero la Consolidación (no la Revolución) está pendiente.Y la rectificación de la democracia comienza con la redención de los municipios, liberándolos del viejo y nuevo caciquismo de los partidos, así como de este nuevo factor del populismo izquierdista, anti-sistema, anti-liberal y anti-democrático. Es un largo proceso que debe culminar nacionalmente en un cambio del sistema electoral y del sistema de partidos. Para que no tengamos que repetir lo que Ortega advirtió desencantado pocos meses después de la proclamación de la República: "¡No es esto, no es esto! La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo". Tras las elecciones municipales y autonómicas del pasado 24 de Mayo, viendo cómo los votos populares son interpretados, usados y abusados caprichosamente por los oportunismos partidistas y las demagogias populistas, se puede afirmar con cierta preocupación, parafraseando a Ortega: ¡No es esto, no es esto! La democracia es una cosa. El radicalismo es otra.

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