Alta política

04 Diciembre 2013
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Los verdaderos éxitos de una nación son los que se verifican a través de su política exterior. Esto es así, no porque Spengler lo dijera, sino porque es una verdad axiomática asumida por la casi totalidad de la comunidad de politólogos. En la reciente Cumbre Iberoamericana, el Rey Juan Carlos tuvo que soltarle un aldabonazo al demagogo dictador que padece Venezuela, porque la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, anfitriona de la Cumbre, no supo ejercer de tal y el presidente Zapatero estaba siendo demasiado pusilánime en su aseadita réplica en defensa del ex presidente Aznar, gravemente injuriado, y de las instituciones democráticas españolas ante un cacique bravucón y el chirigotero correveidile nicaragüense. España tiene unos serios problemas en sus relaciones internacionales. Hemos perdido peso entre los socios de la UE, Estados Unidos nos contempla con abierto recelo, en el Magreb enfadamos a Argelia, con Marruecos las tornas se han vuelto lanzas; nos margina de sus millonarias inversiones en infraestructuras, mientras seguimos dispuestos a sellar nuestra gran traición en el Sáhara bajo el acoso a Ceuta y Melilla (¿cuánto tardará en volcarse sobre Canarias?), y en Latinoamérica estamos en la antesala de un nuevo y agresivo juicio histórico. Pero nada ocurre porque sí. La política exterior de España es un reflejo de su política doméstica. Hace 30 años, una clase política patriótica y generosa fue capaz de ceder en sus ambiciones ideológicas y personales en aras de consolidar un marco común de convivencia y de vertebración; desde los reformistas del franquismo y centristas a los izquierdistas. Fue el espíritu de la concordia con el que todos fueron leales, pese a los errores habidos, salvo el rancio y obsoleto nacionalismo, ya en abierta deriva separatista. Aquel espíritu está quebrado bajo el proceso de la deconstrucción nacional. Hoy en España se ejerce la mala política por partidos convertidos en burocracias de poder. Una partitocracia oligárquica, que acentúa el divorcio con la sociedad, con el único fin de manipularla y servirse de ella secuestrando la democracia directa. Critica el régimen de dictadura y al dictador, pero vive obsesionada por hacerse con el control exclusivo de sus poderes. Por muchas leyes de Memoria Histórica que se otorguen. La izquierda en general y ésta que se instaló en el poder bajo el sudario de 192 muertos, está en estado de orfandad ideológica e intelectual. Hay muchos que todavía no se han dado cuenta de que las piedras del Muro de Berlín cayeron sobre las cabezas de todos. Hoy la izquierda no tiene una ideología definida, sino una psicología que aplica a la medida de sus necesidades, de ahí su recurso al oscurantismo de la acción política por el discurso de la corrección política o de la ideología invisible. Carl Schmitt propone el Estado como la comunidad suprema integrada por personas esencialmente ligadas. Y no una sociedad de personas esencialmente separadas. A esta nación la frenan sus parásitos antagonistas. En esta hora mediocre de España se hace una política menor que se proyecta sobre la aniquilación del adversario en los términos en los que el propio Schmitt sitúa el conflicto amigo-enemigo. El de la confrontación. El de la guerra. (El Mundo. 16.11.2007)

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