Más allá de la idiotez (política, por supuesto)

18 Agosto 2016
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Aunque las dificultades actuales para constituir Gobierno aparezcan provocadas por el debilitamiento del bipartidismo y la irrupción de noveles formaciones, no debiera desdeñarse el aspecto de que los dos viejos partidos iban potenciando el desencuentro, con niveles de sectarismo cada vez mayores, acompañado del consecuente y paulatino abandono de la política. Es obvio que el desencuentro constitucional ante los graves problemas que nos acosan es causa fundamental del debilitamiento del bipartidismo y la aparición de nuevas formaciones. Para los dos viejos partidos, el discurso iba consistiendo en consignas propagandísticas en el seno de un enfrentamiento que hacía muy difícil cualquier tipo de encuentro en el futuro. Las nuevas formaciones se encontraron, a pesar de los graves asuntos a los que hacer frente -crisis económica, secesionismo, directrices de la Unión Europea-, ante un vacío absoluto de discurso cívico por parte de los viejos partidos, tarados por la corrupción, y ante el disenso como práctica dominante. El mejor de los escenarios para el populismo antisistema. Es evidente que la presencia en el Congreso de mayor número de partidos complica la posibilidad de acuerdo, pero a ello hay que añadir una mayor dificultad debida a que dichos partidos, salvo Ciudadanos, están alejándose, o están fuera definitivamente, del terreno de juego constitucional. Por ello, como no podía ser de otra manera, los recién llegados han quedado atrapados en la dinámica y cultura de enfrentamiento -celebrada por la mayoría de los medios de comunicación- siendo incapaces de mejorar las condiciones políticas. Podemos se encuentra en el espacio que le es propicio porque es rupturista por esencia, fruto político directo del enconamiento de los viejos partidos. Ante este escenario, tiene mérito el intento de Ciudadanos de salir del surco del enfrentamiento y demonización de la derecha, planteando una propuesta de acuerdo a Rajoy. Bien es verdad, que de no hacerlo asumiría el riesgo de perder el prestigio ganado como fuerza para la estabilidad constitucional en Cataluña. Es decir, perdería su razón de ser. El panorama actual para el ejercicio de la política ha llegado a ser muy complicado. Nuestros viejos partidos hace tiempo abandonaron el discurso político, porque si de lo que se trataba solamente era de alcanzar el poder por el poder, la política sobraba. Para ello, una dialéctica de enfrentamiento, apoyada en eslóganes propuestos por técnicos en comunicación ajenos a la política era más que suficiente. Habría que mirar más allá de lo que querían decir alguno de esos eslóganes, interesarse en alguna decisión adoptada, como la de la memoria histórica, o su posición dubitativa ante la sucesión de Juan Carlos I, en el caso del PSOE, para ir descubriendo lo que se escondía tras ese vacío de discurso. Vacío causado posiblemente porque el ideario se había hecho utópico y anarquizante, y la realidad a la que se tenía que enfrentar le exigía decisiones políticas realistas, contradictorias con un ideario emergente adverso, en diferentes casos, a la misma Constitución. De ahí, el silencio, porque si hablaban sus líderes locuazmente se podían parecer demasiado a Podemos. En el caso del PP el alejamiento de lo político no lo era tanto por gestos contrarios, o que pusieran en crisis el sistema, lo era por su incomprensible pasividad, como si le molestara hablar de los asuntos públicos y asumir las responsabilidades que como gobierno o partido más votado le corresponde. Pasividad ante la necesidad de dar explicaciones sobre las medidas para atajar la crisis económica, pasividad ante el secesionismo catalán, convirtiendo al Constitucional en su burladero particular, pasividad ante la oportunidad de ejercer el gran discurso político, el de Investidura, sorprendiendo Rajoy con una inusitada espantá. Posiblemente, porque temiera perder, pero en política hasta perdiendo se puede hacer el más perdurable de los discursos. Por otro lado, el jugar Rajoy a si se presenta o no a la próxima investidura, siendo el designado por el Rey, puede implicar una inmoderada falta de respeto por las instituciones más importantes del Estado, que pone también en crisis el sistema. Comportamiento sólo entendible desde una exagerada visión de lo público, exclusivamente desde los intereses personales y del propio partido, tomando el marco jurídico-político como una prolongación de éste. La conversión del partido como el elemento esencial y absoluto de la política constituye el origen de la problemática tan grave -una emergencia constitucional, según Javier Zarzalejos- que padecemos. El rechazo a acuerdo alguno por parte del PSOE con la derecha, no se trata tan sólo de idiotez política -idiotez en su acepción clásica, es decir, el "pasar" de la política- aunque haya parte de ello, sino que va más allá. Su actitud de no implicarse en los problemas de Estado, acordando con la derecha, como en una necesaria Ley de Educación -que es consensuada o no es ley-, ni en el problema catalán -que más bien lo desencadenó Zapatero con el tripartito de Maragall y Montilla, y el nuevo Estatuto-, ni en seguridad -pues el pacto antiterrorista, que se dice fue propuesto por Zapatero, era a la vez contradicho por la negociaciones iniciadas por Eguiguren con ETA, hasta que éstas lo echaron a pique-, ni política de defensa ni relaciones internacionales, pues se retiran las simbólicas tropas desplegadas en Irak sin explicación alguna a los aliados, o con anterioridad se queda ZP sentado ante la bandera norteamericana. La gobernabilidad, unida a la estabilidad política, empezó a ser para el PSOE algo ajeno desde hacía tiempo. Posiblemente ese rumbo se inició, con evidentes consecuencias ideológicas, cuando defenestraron a Redondo Terreros por constituir con Mayor Oreja una entente alternativa al PNV del plan secesionista de Ibarretxe. Con esta defenestración, se estaba anunciando por el PSOE su alejamiento de la política, pues se estaban priorizando los sentimientos como referentes ideológicos, la vieja camaradería bajo el franquismo, identificando al PP con éste, y exaltando los prejuicios partidistas. Es decir, la deserción de la búsqueda de la estabilidad del sistema por parte de este partido empezó en aquella lejana fecha. Luego, cuando le tocó al PP apoyar a Patxi López para echar a Ibarretxe lo hizo, pues todavía la derecha permanece en el juego político. Interesante el comportamiento del PNV como primer caso llamativo de abandono del terreno de juego -porque el PNV de Urkullu no acaba de volver, a pesar de los comentarios felices que se realizan sobre este partido por tertulianos en la Villa y Corte-, y posible precedente de lo que está ocurriendo en los demás partidos. El PNV, siendo una de las fuerzas que colaboraron más en la promoción del actual sistema, desde antes incluso de la Transición, nada menos que desde el Congreso de Múnich, fue el primero en abandonarlo. Algunas de las claves para tal abandono las observamos después en CiU, y son desde hace un tiempo contemplables en el mismo PSOE. El PNV inicia su desenganche del marco constitucional a raíz de los acontecimientos de Ermua, ante los que pierde la confianza en mantener su cuota de poder, el poder en Euskadi, que parecía implícitamente otorgados desde los pactos que dieron origen al actual sistema. Los partidos con años de funcionamiento, como el PNV, y más en una estructura institucional calificada como sistema de partidos, se convierten en un fin en sí mismo, ponen los intereses del partido, la garantía de poder, por encima de la convivencia política, acabando por convertirse, como ocurre ahora ante la solución de gobernabilidad, en obstáculo para la política. Incluso para sostener sus intereses, tras las movilizaciones de Ermua, el PNV no dudó en pactar con ETA en Estella. Una mayor salida del juego sería imposible. Ante el tripartito catalán, CiU padece el mismo síndrome de desconfianza respecto a un futuro en el que no está asegurado el poder autonómico. Se tira al monte, rompe con el sistema y se alía con el independentismo más radical incluido el anarquista. Porque CiU padeció lo que consideró un humillante desalojo de la Generalitat, pues fueron los socialistas transmutados en nacionalistas los que les mandaron a la oposición. Y para evitarlo en el futuro rompen con el sistema. El sistema ya no les va, no les garantiza el poder ni les inmuniza ante la Justicia, ¿pero no quedamos que erais demócratas? ¿Le estará pasando esto también al PSOE? ¿Supedita la gobernabilidad del país, el mantenimiento del sistema, a sus intereses más sectarios? ¿Son los intereses de la dirección actual, y del partido actual, tan sólo lo que le empecina a no dar salida a la gobernabilidad? La generación anterior contempla horrorizada la posibilidad del derrumbe del sistema por la obcecación de sus sucesores, que lo son tras una línea de sectarismo y condena del adversario que, curiosamente y sin ser conscientes de sus consecuencias, ellos mismos iniciaron, como hemos visto, hace tiempo. Parece difícil de entender cómo pudo Rivera, procedente de una Cataluña donde había sido testigo de la transmutación del PSC y del abandono del marco constitucional por CiU, quedar seducido por Pedro Sánchez y acompañarle durante tantos días hasta su fracasado intento de investidura. Y que no se argumente, al menos con tono exagerado, que dicho acompañamiento impidió el acercamiento socialista a Podemos, porque nunca éste, hasta no superar electoralmente al PSOE, intentaría una coalición, pues su fin es liquidar, en lenguaje bolchevique, a los socialfascistas. El comportamiento rupturista del PSOE venía de atrás, y Rivera pasó demasiado tiempo dándole árnica compartiendo, quizás, la fobia a la derecha tan hegemónica hoy en día. Entre otras cuestiones, el "no es no" de Sánchez, constituye el NO a la política, y si además habla de "derechas", al viejo estilo de la Guerra Civil, es de sospechar que el compromiso del PSOE con el sistema es cosa del pasado -como en el PNV y CiU-. A ello hay que añadir la carencia alguna de consciencia por parte de la actual jerarquía socialista, de que el izquierdismo (enfermedad infantil), sectario por naturaleza, al primero que destruye es al propio partido, pues el socialismo necesita este sistema de una manera vital. El otro sistema, el surgido del colapso del actual y de la ruptura, sería el sistema de Podemos. Debiera de ser consciente el centenario partido de que sus veleidades revolucionarias en el pasado le convirtieron en uno de los responsables del socavamiento y posterior caída de la II República, no vaya a ser que repitiera sus errores -obviando la autocrítica que Prieto hiciera en el exilio- y fuera ahora responsable del socavamiento de la monarquía parlamentaria actual. Porque no se trata tan sólo de gobernabilidad, el atolladero político es tan grave que nos jugamos la continuidad del sistema del 78. Que venga un partido recién constituido a intentar resolver el problema no deja de ser humillante para el centenario partido. Pedro Sánchez y su equipo, en su frustración ante los resultados electorales, no pueden seguir el comportamiento del PNV o CiU. El PSOE es lo suficientemente importante y necesario para nuestro país como para que evite que un grupo generacional de líderes pinche el balón del juego de nuestra convivencia irresponsablemente.

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