Europa 2025: una ucronía

13 Diciembre 2014
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A veces la historia se acelera, y los hombres que durante años permanecieron anestesiados por el tedio, se lanzan a un frenesí como animales del bosque huyendo del fuego. Todo se inició en 2017, cuando los británicos votaron mayoritariamente por la salida de la Unión Europea, el UKIP de Nigel Farage fue capaz de imponer su agenda al 10 de Downing Street pese a no contar con mayoría en Westminster, con ello Europa se redujo a su territorio continental, y las dinámicas destructivas que durante años venían alimentándose de la austeridad y el resentimiento desataron sus terribles consecuencias. Alemania, librada del contrapeso de Londres, trató sin tapujos de imponer su estrategia al resto de miembros, aquellos que no estuvieran de acuerdo con el 1 de la Willy-Brandt-Straße podrían seguir el camino del Reino Unido, nadie lo hizo. Pero cuando en Berlín asumieron que no era una cuestión de voluntades sino de capacidades, la propuesta se endureció, quisieran o no, los Estados que permanecieran en la Unión Europea serían solo aquellos que cumpliesen con los estrictos criterios diseñados por el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, creándose al efecto un mecanismo de expulsión exprés que fue aprobado por todos los miembros por la vía rápida, bajo la incauta creencia de que jamás sería utilizado. El espacio Schengen fue derogado y los expedientes de ampliación pendientes de ejecución fueron anulados sine die, salvo el turco, que simplemente fue rechazado para siempre. Los primeros en ser expulsados fueron Rumania y Bulgaria, donde la corrupción y la deriva autoritaria de sus gobiernos nunca pudieron ser contrarrestadas por el acervo comunitario. La salida de Sofía y Bucarest no alertó a ninguna otra capital, hasta que en 2020, solo año y medio después de las primeras expulsiones, Portugal y Grecia siguieron los pasos de rumanos y búlgaros. Fue entonces cuando en el resto de capitales se asumió por completo la voluntad germana por deshacerse de todo lastre que pusiera en peligro su desarrollo, ya no se trataba de la intransigencia temporal de un gobierno concreto, sino de la exigencia de la ciudadanía alemana, cansada de patrocinar el desgobierno ajeno. Al año siguiente las protestas se sucedieron por la periferia europea, en Madrid, Budapest y Ljubljana los manifestantes reprochaban a las instituciones europeas el haber acabado con el sueño de la unidad continental para instaurar un simple directorio económico, mientras que en las capitales bálticas el temor a una nueva dominación rusa era lo que empujaba a los ciudadanos a las calles. La caída simultánea de los regímenes de Riad y Argel a mediados de 2020 fue el detonante definitivo, una nueva crisis energética asoló Europa, y la media luna de inseguridad que se creó entre Kabul y Nouakchott sembró Oriente Medio y el Norte de África de conflictos a la libanesa, donde la distinción entre civiles e internacionales había perdido su sentido, tan solo Israel e Irán sobrevivieron como Estados unitarios, pero su enfrentamiento amenazaba con añadir el componente nuclear a un panorama ya de por sí desolador. Para la primavera de 2021 sólo Alemania, Los Países Bajos, Austria, Checoslovaquia y Polonia continuaban en una raquítica Unión centroeuropea, el resto habían decidido crear su propia zona común (como el caso danés, que junto a Finlandia y Suecia se unieron a Noruega para crear la Liga Escandinava) o habían sido expulsados de la extinta Unión Europea en los primeros meses del año, certificando en la práctica lo que era un hecho desde hacía ya algún tiempo. Italia dejó de existir como tal, una reforzada Liga Norte tras la expulsión de la Unión Europea convenció a sus votantes y a una amplia mayoría de la población al norte del Lazio y Marche para crear una Gran Padania soberana e independiente, desde la cual negociar con Berlín el regreso al seno europeo. Por su parte, el sur italiano quedó bajo el débil dominio de Nápoles, incapaz de asegurar el control del resto de provincias e impedir la llegada masiva de los inmigrantes ilegales procedentes del norte de África. Caso parecido al sucedido en España, donde la sucesión de gobiernos de minoría muy debilitados por la polarización de la sociedad, llevó al 13 de Salsipuedes (La Moncloa dejó de ser la residencia oficial del Gobierno de la nación tras la victoria de Podemos en las elecciones de 2016, a partir de entonces el Presidente residiría en su propio domicilio, acudiendo a un despacho para ejercer sus labores políticas) primero a pactar con los distintos separatismos diversas consultas de independencia que condujeron a la soberanía de Cataluña y País Vasco, y después a ceder unilateralmente a Marruecos tanto Ceuta como Melilla. Con España fuera de la OTAN desde 2017, Rabat sabía que las Islas Canarias seguirían el mismo camino, esperando con paciencia que el terrorismo y la inmigración ilegal en el archipiélago rindieran los mismos frutos que en la antiguas ciudades autónomas, incluso algunos grupos radicales, como el consolidado Estado Islámico, empezaron a ver como algo más que un sueño la pronta recuperación de al-Áldalus.. Por su parte, tras su sonada salida de la Unión Europea protagonizada por un gobierno del Frente Nacional, Francia cifró su supervivencia como nación de primer orden mundial en la recuperación de su dominio colonial, algo que solo pudo hacer tras conceder la nacionalidad francesa a los habitantes de sus antiguas colonias, lo que produjo un éxodo incontrolable de inmigrantes al hexágono, obligando a sus vecinos a cerrar temporalmente sus fronteras. Mucha peor suerte corrieron los países del Este de Europa, Moscú, aun bajo la hegemonía de un vetusto pero sañudo Putin, fue controlando más territorio a medida que sus fechorías no tenían respuesta ni en Berlín ni en Washington. Tras la desmembración de Ucrania en 2015, la penetración económica y las minorías rusófonas hicieron el resto una vez que la Unión Europea se redujo al hinterland alemán, de Albania a Estonia el Kremlin fue imponiendo su dominio hasta que en 2022 la Unión Euroasiática, respaldada por China en calidad de socio observador, se extendía desde Vladivostok hasta Bratislava. Desde Washington la desintegración europea no cogió por sorpresa a casi nadie, incluso hubo alguna que otra muestra de alivio, los europeos se habían convertido para muchos estadounidenses en unos socios en los que no se podía confiar, siempre tan preocupados por no excederse en sus respuestas habían convertido a la OTAN en un club social para pensionistas, haciendo inoperativa la alianza de seguridad más longeva en la historia de las relaciones transatlánticas. El Artículo 3 hacía años que no se cumplía, y en el 5 ya nadie creía, por lo que nada extrañó que la Casa Blanca y el Capitolio lanzaran solo una tibia protesta a la suave invasión rusa de los países bálticos, si los europeos no querían luchar por su libertad no sería Estados Unidos quien les obligara a ello, menos aun desde la retirada de las divisiones estadounidenses de Alemania en enero de 2021. La Alianza Atlántica pertenecía al pasado, desde sus fracasos en Irak y Afganistán las coaliciones de los dispuestos y los tratados bilaterales se convirtieron en el tope del compromiso exterior en el 1600 de Pennsylvania Ave, y como mucho sus socios europeos quedaron en pie de igualdad al conjunto de aliados con los que contaba Washington en el resto del mundo. Sin la cobertura del automatismo de la OTAN, los países europeos volvían a estar a merced de las amenazas de los bárbaros acechando en sus limes. Decía Napoleón que el futuro proyecta su sombra sobre el pasado, si al leer los párrafos anteriores uno cree estar ante una prospectiva apocalíptica de la cual se puede proteger en el presente me temo que está muy equivocado, ninguna fuerza oculta nos preserva de tal resultado, más bien al contrario, muchas son las dinámicas actuales que nos empujan a un escenario tan macabro, anunciando con sus manifestaciones la obscuridad por llegar. Entre las numerosas señales que empañan el porvenir europeo basta citar las cinco siguientes, aunque seguro que cada lector puede añadir las suyas propias (carencias y deficiencias energéticas, incongruencias de la moneda única, falta de líderes con verdadero sentido europeísta...): 1. Europa de varias velocidades: actualmente la división más evidente en el seno de la Unión Europea se da entre los miembros que tienen al euro como su moneda y aquellos que prefirieron continuar con la suya propia o que no han podido cumplir los criterios para acceder a la moneda común. En el futuro no muy lejano no es descabellado pensar que nuevas divisiones quiebren la unidad del euro, sobre todo entre aquellos países partidarios de una austeridad a ultranza y los que no estén dispuestos a los rigores de tal estrategia económica, o simplemente no puedan cumplir con sus objetivos. Sin convergencia económica no podrá existir unión política, y como se comprueba en la actualidad, con la segunda no se puede forzar la primera, ni siquiera desde Berlín, por lo que el resultado será una Europa saturnal, cuyos anillos se irán alejando del centro hasta difuminar los vínculos que una vez les mantuvieron unidos. 2. Déficit democrático y debilidad del proyecto político: la crisis económica y el anterior fracaso constituyente han obligado a los líderes europeos a centrarse en los aspectos económicos de la unión, sin percatarse de las consecuencias negativas que tal deriva suponían para la dimensión política de la misma, aquella que los ciudadanos europeos perciben como propia y sienten vulnerada con cada decisión de la Troika. El Parlamento Europeo ha sido incapaz de convertirse en el representante de una quimérica ciudadanía europea, cuyas capacidades palidecen ante las atribuciones del Consejo y Comisión europeos, percibidos por el europeo medio como instituciones opacas y alejadas de la calle, y lo que es peor, aliadas del gran capital causante de la crisis, cuyos resortes dominarían las decisiones del, en teoría, independiente Banco Central Europeo. 3. Euroescepticismo: no es extraño que lo anterior haya conducido al crecimiento en toda Europa de movimientos y partidos políticos contrarios a la Unión Europea, presentes ya incluso en el Parlamento Europeo, ¿qué consecuencias tendría una amplia minoría euroescéptica en su seno? Podrían fácilmente bloquear a las instituciones comunitarias, no solo por su presencia en ellas sino por su influencia en los respectivos gobiernos nacionales, gracias a su capacidad de manipular sus agendas. Además, el euroescepticismo es un fenómeno que se retroalimenta, cuanto más poder obtenga peor funcionará la Unión Europea, reforzando así la verosimilitud de sus acusaciones, cuya procedencia puede encontrarse tanto en la derecha como en la izquierda del espectro político europeo, lo que sin duda le hace menos vulnerable a las críticas de un europeísmo que se encuentra ya a la defensiva. 4. Aumento de la distancia con Estados Unidos en temas de seguridad: la invasión de Irak en 2003 puso al descubierto lo que era evidente para muchos al menos desde la intervención en Kosovo de 1999, Europa no ha querido asumir su parte en la seguridad transatlántica, cuyo déficit ha asumido con resignación hasta el momento Estados Unidos. Pero ello no tiene que ser necesariamente así en el futuro, Washington ya ha rebajado la importancia de la OTAN al nivel de otras alianzas similares, y no es necesario un dominio neoconservador en la Casa Blanca para que la Alianza Atlántica acabe convertida en un recuerdo nostálgico de la Guerra Fría. No es cuestión de que las amenazas hayan desaparecido, más bien al contrario, han aumentado en número y complejidad, sino que se trata de una diferencia de criterios, mientras en Washington no hay miedo a tenerlas en consideración y enfrentarlas en caso necesario, en Europa se confía en que al ignorarlas desaparezcan por sí solas o al menos no nos afecten, la mejor fórmula para deshacer el vínculo transatlántico y comprometer la seguridad continental. 5. Penetración exterior: tras la caída del telón de acero se supo que los movimientos pacifistas que protestaban contra la presencia en suelo europeo de misiles americanos estaban patrocinados por Moscú, hoy sabemos, porque es público, que el Frente Nacional está financiado por el régimen de Putin, mientras que en España no faltan las organizaciones cuyos inicios han estado ligados al dinero de Caracas o Teherán. Es lógico, atacar la parte más débil y vulnerable se encuentra en cualquier manual de lucha, y en el eje transatlántico Europa ocupa ese lugar, pues de romper el lazo que mantiene unido a Occidente, sus adversarios y enemigos asestarían un duro golpe a Estados Unidos, que reforzaría su instinto aislacionista en detrimento de su implicación internacional, todo un sueño para los que anhelan el fin de la hegemonía occidental, ellos son plenamente conscientes de lo que está en juego, ¿lo somos nosotros? El futuro no está escrito, la proyección expuesta al inicio es sólo una posibilidad de las muchas factibles, pero que Europa es un animal enfermo no se puede negar, depende de nosotros, sus miembros, regenerar aquellas partes hoy en descomposición y atacar a los virus y bacterias que conspiran para destruirla, mirar hacia otro lado sería un suicidio y el camino perfecto para que el escenario descrito con anterioridad, o uno similar, se haga realidad.

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